domingo, 8 de noviembre de 2015

Mi historia. Capítulo Tres: "Mis padres".

En el Capítulo Uno conté cómo llegué a hacer mi primer concierto, en el Segundo conté cómo grabé Imaginación y cómo llegué a tocar al Corrillo, la sala más importante de la ciudad. Pero me dejé muchas cosas en el tintero. Creo que, antes de continuar con mi historia en el punto en que la dejé, me tengo que detener un momento para hablar de mis padres. Cualquiera podría pensar que soy un artista espontáneo, sin antecedentes familiares en el mundo del arte. Y es un poco verdad, en mis ancestros no hay tradición artística, pero mis padres son personas muy especiales, aunque a la vez muy humildes. En ellos no hay presunción ni alarde, pero sí sensibilidad y talento, a parte de una gran profundidad y espiritualidad. Aparentemente, mi padre es diseñador de rótulos luminosos y mi madre ama de casa, pero detrás de esa sencillez hay una grandeza inconmensurable. No son jipis, no son bohemios, no son de izquierdas, no son anti sistema, pero tampoco son lo contrario. Son cristianos, verdaderos seguidores un mensaje esperanzador, no católicos, apostólicos y romanos vestidos de domingo, ellos viven una realidad espiritual que nos han transmitido naturalmete en casa durante toda nuestra vida. 

Cuando digo "toda nuestra vida", me refiero a la de nosotros tres, Juampy, Jesús y Andresete.
Ellos son un capítulo aparte...

El Dios de mi casa no era vengador, rencoroso, envidioso de otros dioses, ni nada parecido, ese fue el que quisieron venderme en el colegio (sí, en el colegio público rezábamos constantemente en aquellos tiempos) y en la catequesis. Desde muy pequeño, gracias a mis padres, pude vivir mi espiritualidad intensamente, dedicaba mi insomnio nato a hablar con Dios. Con el tiempo, las instituciones religiosas que intentaban controlar mi mundo interior, me fueron decepcionando, pero mis padres jamás lo hicieron. Ellos viven coherentemente con lo que predican, y nunca me obligaron formar parte de sus prácticas, ya que ellos no las hacen por obligación o apariencia, sino por gusto. De hecho, cuando a mis diecisiete años manifesté mi anatema, me dijeron que les daba pena por mí. Con su ejemplo, mis padres me ensañaron que la mayor libertad es la fe. Yo aprendí por mi cuenta que la fe es inexplicable, es decir no tiene nada que ver con quienes la venden y la usan para domar a las masas. Cuando hago mis canciones estoy envuelto en esa sensación de eternidad, y me sucede eso que han dicho ya otros artistas: siento que me dictan lo que escribo, que algo más grande que yo me guía en mis composiciones. Podríamos decir que soy una persona de fe a la que le molesta que las religiones se apropien de algo tan natural como la espiritualidad y la transformen en algo ridículo, absurdo e inverosímil.

A principios de los ochenta, mi padre cumplía veititantos.
Detrás, un cartel que ilustra muy bien lo que estoy contando.
Mi madre y yo tenemos la misma cara. 
Pero no quiero hablar ahora de religión, quiero hablar de mis padres. Empezaré por mi padre, aunque es muy difícil separarlos. Los que le conocen, saben que no exagero si digo que mi padre es la mejor persona que hay sobre la faz de la tierra. Tiene sentido que comparta alma con mi madre, ya que a ella le pasa algo parecido, luego hablaré de ella. Después de Dios, la empresa familiar es lo más importante para él, se toma ese trabajo como una vocación. Aunque mi madre se vea obligada a pensar que es un problema, yo estoy orgulloso de que mi padre carezca completamente de ambición económica. Esa falta de ambición le ha impedido dejar esa empresa familiar y dedicarse a otras de las muchas cosas que podrán haberle dado dinero, poder, fama, influencia...

Detrás de mi, el equipo de música con artefactos fabricados por él mismo. A mi padre le encanta todo lo que tenga que ver con el sonido, la electrónica, la marquetería... Sobre todo le gusta fabricar inventos útiles. Mi casa parece la del científico de Regreso al Futuro. 

Dibuja lo que le da la gana, aunque es la cualidad que menos conozco. Hace unas fotografías excelentes, no solo técnicamente, en ellas siempre hay algo que no puedes dejar de mirar. Desde muy pequeño hace marionetas, siempre con un éxito rotundo, siempre haciendo que mayores y pequeños se rían y mediten. Improvisa los cuentos, sólo hay que decirle cuánto tiene que durar la función, y parece que los muñecos cobren vida, ya que él tampoco es que hable mucho cuando no tiene las marionetas en las manos. Es tímido y no tiene grandes cualidades sociales, tampoco es huraño, más bien se mantiene al margen como para no molestar, aunque se le escape de vez en cuando un chiste malísimo (que, por otro lado , nos hacen bastante gracia) o una verdad incandescente. Su aspecto es inofensivo, pero porque él quiere; cuando enfurece parece una bestia invencible. Aún tímido y dócil, es la persona más valiente que conozco. 

Le he visto enfrentarse a un gitano que golpeaba a su mujer en la calle mientras más de treinta personas mirábamos con miedo tras el escaparate de un bar. Todos vimos la escena, cuando él se dio cuenta, salió sin más he hizo que terminase la pelea con su sola presencia. Otro día, tres nazis pegaban a un chico en la calle vacía. Yo iba con él, cuando los vimos salió corriendo hacia ellos. Yo le grité "!Qué haces!", pensé que lo matarían. Sin embargo, los nazis salieron corriendo. Creo que al verle tan decidido, pensaron que era policía, o alguien iba a poder con los tres.

Vacaciones antes de que llegaran los otros dos.


Pero eso no es nada comparado con lo siguiente: la persona más tímida que conocéis, mi padre, hablaba todos los días en la radio para toda la ciudad. De siete a ocho de la mañana, nos metíamos en la cama con mamá para escuchar a papá en la radio. Era algo fascinante, pero él jamás se jactó de ello. Se lo tomaba como un aprendiz, aunque yo le he visto hacer a llorar a sus entrevistados a las doce de la mañana de un sábado en un magazine de dos horas que pilotaba con destreza. Estuvo más de veinte años en la radio haciendo diferentes programas, hasta presentó algunos de los primeros que se emitieron de los Cuarenta Principales. Jamás cobró un duro de la emisora, nunca luchó por ello, porque se la pelaba el dinero, él quería hacer radio. Esto para mí es un acto de libertad.


Mientras tanto, mi madre intentaba alimentarnos y vestirnos con la libertad de mi padre. Ella dejó de trabajar al casarse, a pesar de haber estudiado y conseguido un puesto de lo suyo. Con veintipocos años lo dejó todo por la familia, pero no por tradición, no, no, no. Ella lo hizo porque no tiene sentido que otra persona críe a tus hijos. Tomó una decisión, pero también le atrae la vida del profesional que resuelve asuntos. Yo creo que en el fondo hizo un gran sacrificio, perdiendo parte de una vida que podría haber sido. Una inteligencia imparable como la suya, lamenta en parte no haber sido usada para el derecho, la investigación, la medicina. Y no sólo es desmesuradamente inteligente, también, o sobre todo, es intuitiva. Me ha salvado la vida en varias ocasiones. Una vez, saliendo del anestesista, días antes de una operación que me hicieron, de pronto recordó que de muy pequeño se me hincharon los ojos con una medicina. Si mi madre no se hubiera acordado de aquello que había sucedido quince años atrás y parecía no tener importancia, yo habría muerto un minuto después de anestesiarme. 

¡Mira qué guapa y poderosa!

Mamá podría haber sido médico o abogado, o presidenta del gobierno, pero tiene un don que sólo le permite trabajar en el amor. No sé si ese don tiene otro nombre, pude ser entrega, protección, no lo sé, es amor. Mamá es una madre profesional, capaz de estar pendiente al cien por cien de varias personas a la vez. Podríamos estar hablando de amor cuántico o algo así. Y ese amor lo convierte en fuerza y energía, en locuacidad y destreza dialéctica, en humor. Una vez le llamó el director del colegio porque yo estaba, según ellos, haciendo unos ruidos muy extraños. Mi madre llegó corriendo y le contaron que no paraba de hacerlo en el recreo, durante las clases, en los pasillos. Me pidieron que reprodujera el sonido para que lo escuchara mi madre, y al oírlo dijo lo mismo que les había dicho yo todo el rato, "es el pájaro loco (...) ¿cómo quieren que un niño no se pase todo el día haciendo estas cosas? En casa lo hace constantemente". 

Ella me enseñó a escribir antes de llegar al colegio, y los profesores le dijeron que había hecho mal, porque eso desnivelaba a la clase. A ella tampoco le gustaba el colegio, pero tenía que llevarme. Jamás me lo dijo abiertamente, es una persona responsable, pero yo sabía que de pequeña ella era igualita a mí. O peor. La verdad es que somos bastante parecidos, en lo bueno y en lo no tan bueno. Hemos estado discutiendo ferozmente desde que alcancé su tamaño y ya no podía levantarme la mano, hasta que me fui de casa con veintidós años. En la última parte de esa etapa, apenas nos hablábamos, pero cuando me vine a Madrid empezamos a hablar por teléfono durante horas todos los días varias veces, riéndonos, contándonos sinceridades como dos amigos. Eso sí, cuando nos veíamos en persona todavía nos ladrábamos como perritos. Su carisma es demoledor, si hablas con ella, te atrapa dulcemente para siempre; y eso te lo aseguro, la tendrás siempre cerca para lo que haga falta. Mi madre no puede ver algo que está mal, tiene que arreglarlo, porque además sabe que puede hacerlo. 

Mamá.

A pesar de que sobrevivíamos con el intermitente y escueto sueldo de mi padre, siempre que llamaban a la puerta para pedir limosna, mi madre les daba algo y hablaba con ellos. Les preguntaba por qué estaban en esa situación, y les ayudaba con alguna idea, incluso les ayudaba directamente. Cuando yo era pequeño, venía una gitana muy joven con hijos a pedir para comer. Mi madre le daba dinero y hablaba con ella. Le propuso que vendiera algo. Al poco apareció vendiendo calcetines, y de pronto teníamos demasiados calcetines. Luego le propuso que trabajara en alguna casa, y la contrató para venir a limpiar con ella. Yo estaba seguro de que no hacía ninguna falta, de que mi madre lo hacía por ella, por que en realidad mi madre nunca dejaba de hacer las cosas de la casa por mucho que las hiciera la chica. Mi madre la convenció para que aprendiera a leer y escribir y consiguiera el graduado escolar; la escuché consolándola en mil ocasiones, dándole buenísimos consejos. Hoy día esa joven gitana es una persona muy importante que lucha por la integración, alfabetización, etcétera, de los miembros de su comunidad. Una vez me la encontré y, entre lágrimas, sólo hablaba de que mi madre le había ayudado a llegar donde estaba.

Esto es solo algún ejemplo del talante generoso y amoroso de mi madre, tengo docenas para contar. Así como de mi padre, son tantas las cosas que merece la pena contar. Ahora sólo quería esbozar sus personalidades para que quede claro que todo lo bueno que haya en mí, lo he adquirido de ellos. Son mi referente, mis influencias, mis maestros. Ellos forman parte de una comunidad de matrimonios que se dedican a aprender a charlar. Hacen ejercicios de comunicación basándose en el amor y la espiritualidad. Desde muy jóvenes se dedican a profundizar en los sentimientos humanos, y a ayudar a otras personas a profundizar. En una ocasión me encontré con ellos por la calle y me dijeron que venían de dar una conferencia titulada "El hijo perfecto", o algo así. Yo tenía dieciocho años, era un fracasado escolar, llevaba el pelo largo y pendientes, me dedicaba a hacer conciertos por ahí, y en general no les hacía ni caso. Les pregunté con sorna que cómo se atrevían ellos a hablar del hijo perfecto... Me respondieron, casi a coro, que yo era el hijo perfecto, porque tengo mi propia forma de ser y mi propia forma de ver la vida. No recuerdo exactamente lo que me dijeron, pero me dejaron boquiabierto y lleno de admiración.

Mientras escribo esto mis padres me están mandando todas estas fotos, sn saber muy bien para qué...
Por cierto, sólo hay una razón por la que lloraría en un car: que me digan que me tengo que bajar.


No es raro entonces que yo haya querido dedicarme a gestionar mis sentimientos, a convertirlos en canción, así como a intentar ayudar a los demás, simplemente haciendo lo que hacen ellos: si puedes ayudar ayuda, si está en tu mano anular un dolor, hazlo y habrá un dolor menos cerca. Como he dicho antes, mis padres no son airosos, no son un estereotipo reconocible, no van de lo que realmente son: santos. Si el Papa los conociera en persona, tendría que canonizarlos en vida. Los que les conocen saben que no exagero. 

La verdad es que casi nunca tengo ocasión de decirles todo lo que les admiro y les amo, supongo que me da menos vergüenza hacerlo de este modo. Tengo que agradecerles la paciencia infinita, la tolerancia incondicional, el apoyo activo en cada paso que he dado. Incluso ahora, que estoy un poco esquivo con la humanidad, ellos me dan espacio y tiempo. Ellos sí que son los padres perfectos, los que les conocen saben que no exagero.

¡Gracias!

En el próximo capítulo sí que contaré lo que, en el capítulo anterior, prometí contar en este. Comienza el año 1997, y la cosa se pone intensa. Ahora quería dedicar este capítulo a las personas más bonitas que jamás he conocido, las que más me han aportado, Esperanza y Andrés, mis hermosos padres.

Si te apetece estar conmigo celebrando estos veinte años en en los dos conciertos que voy a hacer en diciembre, aquí dejo el enlace con las entradas para Salamanca (9 de diciembre de 2015 en El corrillo) y para Madrid (12 de diciembre en Libertad Ocho).

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