viernes, 30 de octubre de 2015

Mi historia. Capítulo Uno: "Primer concierto al sol".

Hace veinte años que me subí por primera vez a un escenario como Andrés Sudón. Si no me salen mal las cuentas, tenía por entonces diecisiete años, pero ya llevaba casi diez entregado a la música, en concreto a las canciones. Puede que la música en sí misma, y la poesía en si misma, no me interesen tanto como las canciones. Quiero contar cómo llegué a ellas y a lo que me han llevado.

Nunca se sabe cuándo comienza una historia, yo he decidido contar esta desde aquel día de Diciembre de 1995 en que me subí al escenario del Café Sol de Salamanca para hacer mi primer concierto. Pero antes hay un antes. Mis padres me han contado que con apenas dos años hice todo lo posible para que me comparan una guitarra de plástico que vi en una feria. Por lo visto lloré y grité hasta que la conseguí, parecía que mi vida dependía de ello. Después, según me cuentan, pasaba horas y horas sacándole sonido. En una ocasión, un amigo de mis padres que estaba de visita pregunto que de dónde salía esa música, mis padres le contestaron que no era música, sino el niño jugando con una guitarra de plástico. El señor, que se llama Joaquín y es un cura muy majo, les aseguró a mis padres que eso sí era música.


En la terraza de nuestra primera casa con mi madre y mi guitarra, de las que apenas me separaba.


Después, como a los seis años, empecé a darles la paliza a mis padres con que quería tocar el piano (también se la daba con que quería un perro, un gato, un car, etcétera), hasta que hartos de mis reivindicaciones, decidieron apuntarme a las clase extraescolares de guitarra en el colegio. No era tocar el piano, pero me puse muy contento. Tocar una guitarra de verdad no era fácil, tardé semanas en lograr cambiar de acorde sin parar de tocar y cantar a la vez. Eso sí, cuando lo conseguí, fui la persona más feliz del universo. Era como hacer magia. Recuerdo perfectamente ese día. La canción que aprendí fue La Farola del mar. Mis padres estaban reunidos con unos amigos, haciendo algo de mayores. Yo estaba muy triste en mi habitación, porque era incapaz de hacer música, pero seguí insistiendo y, de pronto, sucedió: comencé a tocar y a cantar la canción. Entonces irrumpí en la reunión de mis padres y les obligué a escucharme. Puede que ese fuera mi primer concierto como intérprete. Éxito absoluto.

Luego fue mucho más fácil aprender a tocar otras canciones, ya le tenía pillado el truco. La segunda canción que aprendí fue La balada del vikingo enamorado, una especie de rocanrol. Con la música de aquel rocanrol, escribí mi primera letra: Balada de la zanahoria, en la que enumeraba las propiedades de este alimento tantas veces dichas por mi madre. A los nueve años entré en el coro del colegio, tras la prueba de acceso me seleccionaron como solista soprano. El director del coro sabía que estaba aprendiendo a tocar la guitarra, y me enseñó unos acordes dificilísimos (con cejilla) para hacer mi intervención como solista tocando a la vez. El día que estrenamos en el gimnasio del colegio, paso algo que me sorprendió y marcó mi vida. Yo no era exactamente un niño obediente y sosegado, más bien era un torbellino indomable, y los profesores me tenían pánico. Yo estaba convencido de que mi profesora me odiaba profundamente, pero aquel día del estreno vino corriendo hacia mí (pensé que me iba a pegar) y empezó a besuquearme y a decirme cosas muy bonitas... Al día siguiente me sacó a la pizarra y empezó a hablar de mis cualidades. No sabía dónde meterme. Además de gozar de la magia de hacer música, recibía el reconocimiento de mis mayores, los que anteriormente me temían y castigaban constantemente. Ya estaba decidido, lo mío es la música y el espectáculo, antes de eso, sólo era un rebelde desubicado. Ahora era un rebelde ubicado.


Cantando de solista en el coro del colegio acompañándome por la guitarra, una experiencia que marcaría mi vida.

Ángel Luis Delgado era el director del coro de mi colegio, siempre le estaré agradecido por creer en mí en aquel mundo hostil de la infancia.


A los doce años ya tenía un amplio repertorio de canciones de amor, y junto a mi querido primo Sergio monté un grupo de música llamado Ego. Estábamos convencidos de que nuestro destino era la escena, las giras, la fama y la gloria, por eso compusimos con solemnidad nuestras canciones, esperando a ser más mayores para triunfar en el mundo entero. Ni a mis padres ni a mis tíos les hacía mucha gracia que quisiéramos ser artistas. Pero mis tíos fueron mucho más duros que mis padres, y lograron hacer de mi primo un hombre de provecho. Hoy es un importante doctor en bioquímica con gran éxito en su campo. En la publicación de su tésis, me hace una dedicatoria en la que aún sigue vivo ese sueño. Estoy muy orgulloso de él, tanto como lo he estado siempre, porque os aseguro que era él el talentoso del grupo, el que mejor tocaba, cantaba y componía. Aún cuando hago una canción pienso en si le gustará a Sergio.


Mi primo Sergio (derecha) y yo (izquierda) el día que compusimos juntos nuestra primera canción, la cual mostramos con orgullo. Espero que nadie se fije en que en mi habitación mezclaba a María auxiliadora con Cónan el Bárbaro.


A los dieciseis años recién cumplidos, me encontraba sin proyecto musical, Sergio apenas tocaba y yo estaba un poco harto de la humanidad en mi intensa adolescencia. En aquella primavera me enamoré de una niña de catorce años que me puso unos cascos en las orejas y le dio al play para que escuchara Quién Fuera de Silvio Rodríguez. Nunca había escuchado nada igual. Sólo podía llorar mientras intentaba tocar esos acordes en mi guitarra. Estaba a punto de convertirme en cantautor. La influencia de Silvio me llevó a querer jugar con la guitarra española, descubrí que yo solo podía hacer una canción sin necesidad de nada más.

Sergio no fue mi único compañero en la música. A la edad de cuatro años conocí a Óscar, mi mejor amigo. Óscar supura talento por los poros en todo, también en la música. Puede que sea mi mayor influencia. Él fue quien vivió en primera persona conmigo el comienzo de mi carrera. Como dije antes, yo solamente hacía canciones de amor; él me enseñó que se le puede cantar a cualquier cosa, e incluso que es más interesante hacerle una canción a un autobús que a una niña de mi clase. A finales del año 95, aquel 8 de Diciembre, me levanté de la cama con una pulsión imparable. Quería hacer un concierto y quería hacerlo ya. Como cada tarde, había quedado a las siete con Óscar para tomar cien cafés y hablar durante ocho horas sin cesar. Pero ese día llegué veinte minutos tarde, porque tras salir de casa, volví para coger mi guitarra, me la llevé conmigo porque esa noche estaba dispuesto a subirme a un escenario. Siempre íbamos al Café Sol, en la calle Pozo Amarillo, allí habíamos visto en directo a Pedro Guerra en dos ocasiones. Se me ocurrió ir y pedirles que me dejaran tocar en su escenario esa misma noche. Óscar cuenta cómo empezó aquel día de mi primer concierto, lo escribió en el prólogo de un cancionero que publiqué en el 98 con motivo de mi vigésimo cumpleaños, Cancionero Sencillo. Lo cuenta así:

<<Habían pasado veinte minutos desde que el badajo golpeara por séptima vez las oscuras paredes de la campana. A la izquierda se acercaba con paso firme y lento. Sobre sus ojos parecían reventarse dos luminosas estrellas, no pudo esperar más de unos minutos, no. No sabía cómo, ni cuándo, pero necesitaba sentirse escuchado, necesitaba compartir todas aquellas maravillosas y absurdas ideas que había estado engendrando durante su corta vida. La idea de subir al escenario le producía una sensación generosamente placentera. -¡Esto es lo que quiero en mi vida, amigo!- me dijo- y yo, conmocionado por esas palabras que habían salido a borbotones de su boca, no pude dudar de él, no pude desconfiar de sus propósitos, porque aquellas luces que irradiaban sus ojos me mostraban que era una decisión honda, que no era algo pasajero.

Me sentía orgulloso de lo que me estaba sucediendo; ser preespectador de lo que, sin lugar a dudas, iba a suceder me hacía despertar una identidad propia y, como propia única para mí. Además yo lo había visto siempre, yo supe reconocer en mi amigo ese algo especial que tiene todos los que se dedican al arte, vi y sigo viendo, cómo mi amigo se empeñaba en comunicar su sentir, icluso vi cómo, con IMAGINACIÓN, se inventaba unos sentires que jamás había albergado para aquellos que los sintieran de veras -¡eso es ser generoso!-.

Ahora lo tenemos ante nosotros, podéis conocerlo, podéis hablar con él siempre que lo necesitéis para que os responda con algo de música. Tenerlo cerca como amigo es importante porque, ante el bosquejo laberíntico que puede representarnos su personalidad, es sencilla la conexión, como es sencillo hallar el origen en el enmarañamiento de sus barbas porque salen de forma natural, como es sencillo y espontáneo sentir la comunión con la naturaleza cuando estás dentro de ella -¡eso es ser generoso!-.

Aquel día, cuando yo esperaba veinte minutos bajo el reloj, empezó a vivirse una realidad que, de forma inevitable, todos vivimos. Aquel día fue el primero de un camino que, al menos, es interesante, y todos podemos formar parte de él si escuchamos la música de alguien que se ha atrevido a mostrar su cara sin tapujos -¡eso es ser generoso!-.

Poco y mucho, todo y nada me queda ya por hablar de mi amigo. Sólo que odio la impuntualidad de las personas, pero aquel día mereció la pena esperar veinte minutos; un minuto por cada año que mi amigo tiene, un minuto de agradecimiento por los buenos momentos que nos hace pasar, un minuto por el esfuerzo que le acarrea escarbar en su fondo sentimental para c@ntárnoslo, un minuto para... y así, hasta veinte -¡eso es ser generoso!- 

(Óscar Martín, 5 de Mayo de 1998)>>.


Foto de la página con el prólogo de Óscar en mi "Cancionero Sencillo", publicado en 1998.


Aquel día era 8 de diciembre de 1995. Efectivamente llegué el Café Sol, les pedí que me dejaran tocar, y dispusieron el escenario para que hiciera mi concierto. En la sala habría una docena de personas que me escucharon cantar mis cuatro canciones propias decentes y un montón de versiones de Sabina, Silvio, Aute... Creo que estuve tres horas tocando. Durante el concierto vi entrar en la sala a esa niña que a sus catorce años me puso la canción de Quién fuera en los oídos. Verla boquiabierta casi dos años después de aquello, fue suficiente para confirmar que esto es lo que debo hacer. Al terminar, los dueños del bar me propusieron hacer un concierto más organizado. Entonces quedamos para celebrarlo el próximo día 22 de Diciembre del 95. Ese fue el que llamé "Primer concierto al sol". Hice carteles y empapelé Salamanca. Me puse muy en serio a componer, no quería cantar versiones en mi primer concierto. Conseguí componer siete canciones para tener un repertorio con un total de once canciones. En la grabación de ese concierto (que todavía conservo), se escucha como alguien dice "toca una de Silvio", a lo que yo respondo, "me llamo Andrés, no Silvio".


Fotografía tomada después de mi "Primer concierto al sol", celebrado el 22 de Diciembre de 1995.


Recuerdo que que en ese concierto sentí por primera vez algo que siempre me ha acompañado. Al concierto acudieron todas las personas que conocía de diferentes contextos en los que me movía. De pronto me di cuenta de que yo no era el mismo con todo el mundo, y que el personaje que habla en los conciertos es una abstracción formada por trozos de mi personalidad. Ahí comenzó mi crisis existencial, pero también la adicción al escenario. Pronto me plantearía que no me interesaba ser una estrella mediática, pero eso lo contaré en los próximos capítulos de esta historia que pretendo entender escribiéndola.

Mi historia. Capítulo Uno: "Primer concierto al sol" 

Mi historia. Capítulo Dos: "Imaginación" 

Mi historia. Capítulo Tres: "Mis padres" 




Si te apetece estar conmigo celebrando estos veinte años en en los dos conciertos que voy a hacer en diciembre, aquí dejo el enlace con las entradas para Salamanca (9 de diciembre de 2015 en El corrillo) y para Madrid (12 de diciembre en Libertad Ocho).